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Vinos de Gran Canaria
Vinos de Gran Canaria

Historia



El Vino en Gran Canaria
A partir de la conquista de Canarias y del descubrimiento de América, los colonos españoles, como antes los fenicios, griegos y romanos, llevan a las tierras conquistadas primero el vino y luego los viñedos. Entonces el vino, como elemento fundamental de la dieta mediterránea, siguió a los europeos allá donde fueron. Así procedentes de Creta llegan a Canarias las primeras cepas de viñas de manos de los conquistadores y de los colonos castellanos.

Gran Canaria, la primera isla conquistada por la corona de Castilla en el año 1.483, destina, tras los primeros repartimientos de tierras entre conquistadores y colonos, grandes extensiones de terreno al cultivo de la viña que en un primero momento se concentraron en las tierras bajas de Las Palmas, Telde, Agüimes, Arucas, Guía y Gáldar, para seguidamente extenderse hacia las medianías una vez que avanzaron las roturaciones y mejoraron las vías de comunicación. Las cepas traídas por aquellos primeros colonos en palabras de Viera y Clavijo “ … pronto encontraron en la isla un clima y un suelo de lo más oportuna para su prosperidad…” porque los terrenos secos, ligeros, pedregosos, areniscos, mezclados de lava del volcán desmenuzada y que se levantan en cerros, colinas, lomos y laderas son los que ordinariamente producen los mejores vinos. Las principales variedades de uva que se cultivaron en un primer momento fueron malvasía, verdillo, torrontés y negramoll, obteniéndose con la mezcla de alguno de ellos el vidueño que era el más apreciado en los mercados americanos.

Así, desde los primeros años del siglo XVI, se exportan vinos de las islas hacia Inglaterra, Flandes, Hamburgo y a las colonias españolas y portuguesas de África y el nuevo mundo.

Hacia la mitad del siglo el vino en Gran Canaria juega un papel fundamental en la economía isleña pasando a convertirse en el producto principal de exportación ante la caída del cultivo de caña de azúcar. El auge en el comercio del vino trajo aparejado el florecimiento de otras actividades artesanales vinculadas, como la tonelería o el arte de construir pipas y barriles para el transporte de los caldos, la alfarería y el curtido de las pieles entre otros.

Durante el siglo XVII los caldos canarios gozaron de un comercio floreciente. Durante el primer cuarto de siglo se exportan desde Gran Canaria a los diferentes mercados 1.678.890 litros de vino obteniéndose grandes beneficios no sólo para los cosecheros, sino para el comercio en general, ya que la exportación de vinos a los mercados europeos y americanos favoreció la entrada en las islas de mercancías que no se hallaban en el territorio insular: tejidos, maderas nobles, loza, hierro y aceite entre otros.

Sin embargo, para desgracia de los canarios, esta situación privilegiada de sus caldos pronto se verá perjudicada debido a la coyuntura internacional: esto es, la guerra de sucesión a la corona española. Los ingleses darán preferencia primero a los vinos portugueses y luego a los caldos de Málaga y sobre todo de Jerez, minando así definitivamente la producción y el comercio de los vinos canarios prácticamente hasta hoy en día.

Pero a pesar de su caída como cultivo de exportación muchas zonas de viñedos siguieron cultivándose en las islas para abastecer el mercado interior. Así, en el siglo XIX se produce en Gran Canaria el resurgir de la viticultura pero esta vez de menor intensidad y con unas características totalmente diferentes. El hambre de tierras de finales del siglo XVIII motiva que se produzcan en los primeros años del XIX la desamortización de 553 fanegadas de tierra en los terrenos públicos del Monte Lentiscal y Bandama, de tal manera que recaen en pocas manos y no precisamente en la de los más desfavorecidos. En este momento la burguesía en auge levanta un sin fin de lagares y bodegas que junto a sus casonas y a las extensiones de parrales dan lugar al paisaje más emblemático del vino en Gran Canaria: la comarca de Bandama y el Monte Lentiscal. Es aquí, en este paisaje protegido por la Ley de Espacios Naturales de Canarias, donde encontramos las mejores representaciones del patrimonio arquitectónico vitivinícola insular.

El lagar antiguo, con su prensa de viga de madera, bajo el tejado a dos aguas de tejas, la tina de cantería donde se deposita el mosto; junto al lagar, la bodega, edificio de piedra, madera y teja medio fortificado, con ventanucos altos, angostos y puertas de tea. En su interior el mosto depositado en barricas de madera se transforma lentamente en vino. La bodega canaria, con el piso de picón y su ambiente silencioso y oscuro guarda aún hoy el secreto para criar y conservar el buen vino.

En Gran Canaria, la complicada orografía sobre la que normalmente se asientan los parrales ha condicionado que la mecanización de las labores de cultivo del viñedo haya sido mas bien escasa, conservándose así en muchos lugares de la isla un gran acerbo cultural que tiene que ver con esa antigua tradición del vino en las islas. Tal vez sea el Barranco de Taguy, localidad remota que se localiza en el fondo de la Caldera de Tejeda, donde encontramos la forma más antigua de elaborar vino siguiendo los métodos que en nada se diferencian a los practicado hace quinientos años por los primeros colonos europeos que se asentaron por estas tierras.

Pero a pesar de las dificultades impuestas por nuestra peculiar orografía en los últimos años la mayoría de los viticultores han adoptado nuevos sistemas en las tareas del cultivo de la vid y también en la elaboración del vino. Las nuevas tecnologías y las exigencias de los mercados han ido desplazando las formas tradicionales en la producción, aunque se sigue cultivando distintas variedades de uva que proceden de cepas muy antiguas formando también un patrimonio vitícola de características únicas.
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